Cuando se piensa en política hoy ¿quién puede resistir la tentación de querer reducirla a la actividad de unos cuantos monigotes que intereses mezquinos en un lugar demasiado limpio, del verdadero polvo de las calles?
Cuando pensamos en política pensamos en nuestros políticos, los políticos de nuestros tiempos. Tal vez debamos resignarnos a creer que esa es la política de nuestros días. La que tienen en sus manos para ejercer, unos cuantos señores empaquetados que se miran las caras y se enredan en discusiones insulsas, alargando y acortando planes de acuerdo a la distancia en tiempo que los separe de las próximas elecciones. Pero aún si aceptamos que así es como se desarrolla de hecho, la política en nuestros días, no tenemos por qué creer que esta es la política por definición.
Política no siempre fue una esfera aislada de la vida de los ciudadanos libres comunes. En algún tiempo, política fue precisamente, la actividad de los hombres libres comunes. Para los griegos la esfera pública era un espacio común para los ciudadanos, un espacio de igualdad para los libres. Allí llegaban todos quienes no estaban constreñidos por los apremios de la necesidad, a encontrar un espacio donde no eran esposos, ni padres, ni señores, sino sólo hombres libres. En este espacio, reservado para unos pocos, se podía hablar y discutir e intercambiar ideas, porque allí se estaba en igualdad.
Ciertamente hoy no tenemos esclavos, y no creemos que un hombre tenga el derecho de subyugar a otro para poder así, quedar libre de los apremios de la vida cotidiana, e ir a disfrutar de lo público. No obstante, todos nos decimos ciudadanos, y libres, aunque aparentemente sin derecho al contacto político con los otros. ¿Cómo entonces puede suceder esto? ¿Cómo podemos sentirnos libres, si no tenemos lugar alguno, al que lleguemos todos en igualdad? Tenemos leyes y libros de leyes que declaran que somos libres e iguales, pero no hay una esfera de la sociedad, en la que dicha libertad se compruebe, se haga palpable… tal parece que hemos olvidado definitivamente lo público, parece que a nadie le importa ya, la creación de un mundo o el menos, una esfera del mundo que esté libre de las relaciones individuales mezquinas, un espacio común.
Todas estas esperanzas de una vida política pueden parecer fantasías utópicas, tan sin lugar como el ideal del creyente. Pero esta reflexión no es tal cosa. Si bien es cierto que no tenemos un espacio donde podamos congregarnos físicamente, y aunque no tengamos el tiempo de recurrir diariamente a tan hermoso lugar, es un gran paso dejar la indiferencia, y preocuparnos por los asuntos que conciernen a todos.
No necesitamos ser todos parte del estado (por favor no), necesitamos ser todos ciudadanos. Para pensar políticamente no necesitamos un escaño en el congreso ni en el senado. Para tener ideas en política sólo se precisa hacer un esfuerzo, por vivir en el mundo común: hablar con las personas, disentir con ellas, discutir con ellas. Es por eso que la posición del creyente, cuando se lleva al extremo, no nos sirve para este proceso. Es nociva para el intercambio, es implacable con los discrepantes, viene con una visión creada desde antes, no dispuesta ha generar algo en común.
Ahora, esta página está orientada principalmente a un tipo de ciudadano: el ciudadano cuyo oficio es esencialmente político, el humanista o el letrado. No todos los ciudadanos tienen el privilegio de poder poner de modo ordenado y visible su pensamiento respecto de lo político, no todos tienen como eje fundante de su actividad el pensar críticamente ¡pero sí el humanista, sí el letrado!
Es cierto que la tarea no se lleva a cabo de manera inmediata, hay que escribir la novela y luego publicarla, es por eso que el trabajo empieza en las escuelas: allí donde se aprende a escribir, allí donde se aprende a pensar. Allí es donde se puede comenzar a cultivar un pensamiento crítico, con la esperanza de la convicción que llegará algún día, con la experiencia del mundo y con las lecturas acumuladas.
¡Está bueno ya! No es posible que esperemos que unos cuantos monigotes piensen por nosotros. Debemos tomar al menos esa tarea. Diariamente los científicos y los técnicos nos sacan años luz de ventaja en formas de cambiar los destinos de nosotros todos, otro tanto hacen los políticos de profesión… las cosas hay que pensarlas, las cosas hay que politizarlas. Nada hay más político que las palabras, estas son las herramientas con que cuentan los individuos en el mundo de lo público, estas herramientas nos pertenecen a todos. En estas herramientas: letrados, humanistas, nosotros somos maestros.
El llamado no es a ser un creyente, el llamado no es a ser un indiferente, el llamado es a buscar fervientemente la convicción. No es preciso poner una bomba a la casa de gobierno para hacer una revolución, basta con realizar el acto mágico de transformar la masa, en masa pensante.
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