domingo, 16 de mayo de 2010

El creyente, el indiferente, el crítico.

La posición del creyente es usualmente conflictiva y difícil para él mismo, debe defender su idea constantemente y lo hace; es en este sentido, muy loable. El creyente es siempre un potencial mártir. Va a la cabeza de su idea y es capaz de dar la cabeza propia por ella. El creyente toma un discurso y lo hace su motor de vida; interpreta el mundo a través del velo de esta idea y, finalmente, es esta misma lo que lo le da una explicación. Fuera de ella o sin ella, el mundo es vacío y sin sentido. Es por eso que el creyente detesta a quienes no lo son; pueden sentir este repudio con más o menos fervor, pero para ellos, quienes no creen (en su idea) le parecerán siempre estúpidos perdidos y viles: su camino es errado, o carecen de uno, y por tanto se llevan a sí mismos y conducen al resto a ninguna parte.
La idea es para el creyente un principio, un áρχη (arjé), sin ella el mundo cae en algo así como el caos. El que no cree en este orden o se le opone, es perverso, y quien no siente particular afinidad o aversión a sus principios, es vacío e imbécil.
Mientras que es importante que los sujetos que hacen política tengan ideas, de manera que se genere la discusión, usualmente el creyente es demasiado inflexible; está tan convencido de tener la verdad que no hay discusión. Ésta sólo ocurre con quienes adhieren a su idea, su fe, su dogma… ¿cómo entonces es posible hacer comunidad, si todos quienes no quieren creer el lo “yo”, quedan fuera? Es lo que el creyente no entiende, que para que haya comunidad política, debe haber diálogo, y para que haya un diálogo fructífero, las ideas deben ser distintas.

La posición del indiferente es la más infértil en política. En efecto, nada es más infructuoso para la generación e intercambio de ideas: que nos importe un comino no da lo mismo. Somos ciudadanos, debemos creer que podemos hacer algo con eso, aunque esto sea solo pensar. Ser indiferente es una posición en extremo peligrosa. En los momentos críticos, es fundamental una ciudadanía pensante, no nos dejemos llevar como corderos por “lo que sea que venga”. Cuando suceden catástrofes en el mundo de lo humano (que es un mundo político) y no decimos ni hacemos nada, somos culpables. No por indiferentes somos inocentes. Más bien todo lo contrario, por indiferentes somos culpables puesto que hemos dejado, siendo hombres, que se nos lleve a pastar hiel sin protestar… Como corderos.

Por eso, aunque reconozcamos que es loable ser creyente, es de radical importancia anteponer algo a la creencia, de manera que esta no sea solo creencia, sino convicción. Debe haber un paso crítico previo a la ideología, una construcción autónoma, no heterónoma. De lo contrario, es como si saltáramos dentro de un saco sin haber mirado lo que hay dentro, una vez dentro, es todo demasiado oscuro para poder decir con certeza “sí, esto es bueno; sí, esto es correcto; sí, en esto puedo creer”. Con frecuencia sucede que sacos hermosísimos se hallan llenos de cocodrilos ¿Qué otra cosa podría explicar el éxito de ideologías como el nazismo? Las ideologías se hallan imbuidas de la más seductora de las auras: la de la verdad y la esperanza; la escapatoria y la respuesta a las dificultades de la incertidumbre.
Todo aquel que piensa críticamente desea, en lo más profundo, creer. Pero mientras desea poseer esa convicción, se siente a la vez compelido a cuestionar todas las ideas a las que se enfrenta, a criticarlas, a preguntar “¿por qué he de creer esto?” “¿Qué implica (a nivel personal) que yo crea esto? ¿Puedo ser consistente con esta creencia?” Y la pregunta más políticamente interesante: “¿Qué consecuencias tiene esta creencia para la comunidad? ¿Cuál es el alcance y cuales las bondades de esta idea?”.
Al crítico puede imputársele la inmovilidad, en ciertas ocasiones, es cierto, sin embargo, la construcción de una convicción toma tiempo. A diferencia del indiferente, el que se decide por la búsqueda de una convicción está en actividad constante, aunque esta actividad sea, a ratos, invisible.
A diferencia del creyente, el crítico no pierde la fe, puesto que no tiene una. Cuando llega a una convicción la defiende puesto que su razón tiene las armas para defenderla. Sin embargo, no dará su cabeza ni la cabeza de la sociedad por esa idea, pero no por cobardía o pereza, sino porque es capaz de reconocer su error. Más que el que simplemente se decide a creer en algo, quien busca la convicción es idóneo para hacer política puesto que cree que se puede encontrar un camino común. Ciertamente no llegaremos a un acuerdo respecto de todo, pero podemos llegar, primero, al acuerdo de escucharnos ¿es que no se puede construir realidad en común?

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